Passerà presto

Sentado en aquella butaca observaba la cajetilla de Marlboro sobre la mesita de café. Se notaba que no solía fumar, solo le faltaba un cigarrillo. Solo era una excusa para salir y tomarse un tiempo para él o entablar una conversación con alguien que le interesase.

Levantó la mirada observando el resto de la sala. Se dio cuenta de que no sabía cómo llamar a ese espacio ni en italiano ni tampoco en su inglés materno. Se trataba de una antesala que comunicaba ambos dormitorios. Una especie de salita de estar que facilitaba la despedida nocturna antes de irse a dormir y el encuentro de la mañana donde planificar el día.

En el tocadiscos giraba un vinilo de Patti Pravo que bajaba aún más el ritmo nocturno. La luz acompañaba el ambiente y facilitaba que entrase el sueño pero también era suficiente para permitir que la lectura fuese cómoda.

Mientras seguía observando aquel techo, una luz intensa iluminó la sala por completo de un blanco puro. En un acto reflejo Tom agarró la cámara que había dejado sobre la mesita de servicio de su butaca y se levantó al tiempo que el ruido del trueno invadía el edificio. Caminó hacia el tresillo y agarró a Mario por el brazo tirando de él para levantarlo. Este apenas se movió. Estaba recostado con las piernas de Sarah sobre su regazo. Ambos mantenían una posición de confianza suficiente como para entender que eran muy amigos o que estaban teniendo un claro tonteo; en este caso, ambas realidades eran ciertas.

—Vamos. Levántate, se me ha ocurrido algo.

Sarah levantó sus piernas, sin separar la espalda del sofá, para liberarlo al tiempo que le dedicaba una mirada cómplice que acompañó con un murmullo «será mejor que vayas, cuando se pone así es más rápido no discutir».

—Tiene razón. Tú ven también y coge esto.

Tom lanzó una naranja al regazo de Sarah que con cara de resignación se levantó del sofá y siguió a ambos hasta la puerta del hotel.

Fuera llovía a cántaros a pesar de que la tormenta ya se había alejado un poco. Tom agarró de nuevo a Mario sacándolo del quicio de la puerta y lo impulsó al medio de la carretera.

—Ponte ahí. Más atrás. Sarah, dale la naranja. Ahora lánzala hacia mí como si fueras un jugador de baseball.

No habían pasado ni treinta segundos y ambos estaban empapados. Mario hizo un lanzamiento pero sin muchas ganas. Creía que eso contentaría a Tom pero nada, más lejos de la realidad.

—No, no ¡No! Como si fueras un profesional. Sé que aquí no jugáis a esto pero lo has visto en películas, ¿no?

La naranja volvió a Mario que observó cómo su improvisado director de escena se agachaba y colocaba su mejilla junto al visor. Detrás de este, bajo la puerta de entrada, Sarah lo miraba con compasión tratando de decirle con los ojos que hiciera lo que pudiera.

—¡Créetelo! Como si fueras un Yankee de verdad. Venga, ahora.

Por un momento todo se ralentizó. Mario se metió en el personaje que acababan de improvisar para él y sintió que todo un estadio lo rodeaba. Retorció su espalda y con un movimiento coordinado flexionó su rodilla al pecho antes de girar su cadera y lanzar el brazo. De nuevo todo se iluminó. A un par de kilómetros, sobre el mar de Bari, un relámpago se dibujó tras la espalda del pitcher italiano. La naranja voló recta, girando sobre sí misma y pasando a escasos centímetros de la coronilla del cámara.

Con el sonido del trueno el tiempo volvió a su velocidad original. Los tres se quedaron inmóviles durante unos segundos. La lluvia se detuvo de golpe; como les habían dicho los locales, son tormentas de verano: «Passerà presto». Una emoción invadió por completo a Tom, tan grande que solo pudo resoplar y reír a carcajadas. Todos sabían que había sido algo único. La risa se contagió al resto, Sarah salió del hotel al encuentro del cámara y del actor.

—Deberíamos bañarnos, el mar tiene un color impresionante.

—Id yendo. Voy a secar la cámara y dejarla dentro.

Mientras asimilaba lo que sentía, Tom observó cómo se alejaban sus amigos hacia el agua y entendió que la emoción había sido compartida, que la excitación del momento haría el resto y dejó que la complicidad que existía entre Sarah y Mario se convirtiera en pasión.

Sonriendo, entró en el hotel y pidió hacer una llamada en recepción.

—¿Hola? ¿Quién es? Tom, ¿eres tú?

—…mm sí, soy yo. Solo… solo quería escuchar tu voz. Te echo de menos.

Un dulce suspiro respondió desde el otro lado del auricular. Ambos se quedaron en silencio escuchando la respiración del otro. Se sentían cerca a pesar de los miles de kilómetros.

—Tengo que colgar.

—Lo sé, no te preocupes.

Aún empapado se quedó escuchando cómo al otro lado de la línea, el teléfono se alejaba de la respiración hasta colgar. Tardó un rato en reaccionar, devolvió el teléfono y subió a la habitación.

                                 – • –

A la mañana siguiente Sarah entró en la antesala que unía las habitaciones. Sobre la mesa de café aún estaba la cajetilla de Marlboro sin tocar. A su lado el tubo negro con el carrete de la cámara y una nota:

«Vuelvo a casa, necesito arreglar algo. Disfrutad del verano y revelad el carrete, tiene buena pinta. Tom»

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